23 noviembre 2009

Enredado

Hace dos meses que tengo abandonado este blog. He tenido cuestiones domésticas que atender, y algún exceso de trabajo, pero la verdadera razón de esta ausencia es que todo el tiempo que he dedicado a mi ocio informático de lo he focalizado en Facebook.

Así, he dejado pasar la oportunidad de abordar en esta bitácora asuntos como el secuestro del Alakrana o el Roman Polanski affair, y en su lugar los he agotado en la red social. Mentiría si dijera que he pasado todo mi tiempo debatiendo temas tan enjundiosos: la verdad es que ha tenido más de pérdida de tiempo que de otra cosa (tests chorras mayoritariamente, lo confieso). Y ello me ha dado que pensar: ¿qué tiene esto del Facebook que engancha tanto?

La verdad es que no sabría explicarlo: teóricamente, sirve para contactar con gente a la que has perdido la pista, pero al final con quien más interactúo es con las personas a las que suelo ver a menudo.

Luego está el espinoso tema de la renuncia a nuestra intimidad que aceptamos tácitamente quienes entramos en este ámbito virtual. Con la tontería de compartir información y suscitar que nuestros “amigos” nos dejen mensajes, a veces podemos cometer verdaderas imprudencias, y publicar contenidos que, si lo pensáramos fríamente, no querríamos que vieran todos.

Y hablando de amigos, ¿por qué hay tanta gente que te solicita que la agregues a tu agenda, si no te conoce de nada y ni siquiera tiene amigos en común? Puede ser que alguien con afanes de ligoteo sea proclive a dejar que cualquiera entre en su muro, pero, francamente, me parece una irresponsabilidad, y genera una situación violenta al obligarnos a pulsar un botón que pone “Rechazar”.

Porque en el Facebook, nos hacemos amigos o nos rechazamos con una irreal y fría facilidad, los lazos de confianza se reducen a un mero click. A la larga, ¿cómo afectará esto a las relaciones interpersonales futuras? No es retórica, lo pregunto en serio: la tecnología acaba modificando los usos sociales (y si no, recuerden cómo eran sus vidas antes del móvil).

Las redes sociales nos empujan a aceptar la idea de que debemos estar siempre localizables y localizados, lo cual es una extensión de un fenómeno iniciado con la telefonía celular: ¿se acuerdan cuando a uno lo llamaban a casa y, simplemente, no estaba? Pues parece ser que ya no podemos “no estar”, que la sociedad de la información nos pide una ubicua disponibilidad total.

De este modo, me encuentro en un término medio en el que estas tecnologías me atraen tanto como me asuntan sus implicaciones futuras. Se supone que debería sentirme más comunicado, más accesible, más informado. Pero realmente, lo que me siento es más enredado.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Vaya, ya has resucitado. En cuanto a lo de Facebook, confieso que me aburre.

Bardino7

Damian dijo...

Hola por Aki. Tengo que confesar que la experiencia Facebook no la he vivido plenamente, entre otras cosas porque no me da la gana. Sí sé cómo funciona y he tenido experiencias anteriores, en los albores de la popularización de la informática y siempre me llegó a cansar al poco tiempo. Será porque siempre me quedaba el regusto de que no tenía manera de saber quien estaba realmente detrás. Además... ¿sabías que existe el empleo de "animador de Chats"? Esa gente que te agrega sin conocerte pueden estar en nómina para que te dé la sensación de que en Facebook eres popular y que suple las carencias sociales que tienes fuera de tu cuarto. Aún peor: existen los "autómatas" que son meros programillas que tienen perfiles y te agregan, y hacen comentarios generalistas que te hacen sentir aludido y además te dicen que tal grupo mola o tal producto..., pero casualmente nunca están conectados al mismo tiempo que tú.
Se me acaba de ocurrir una idea: otro programilla que diga que alguien real te quiere agregar, y lo mismo le dice al otro de tí. Si los dos aceptan, pues amigos tenemos. Si uno rechaza, pos ahí queda la cosa y no pasa nada. Así pasamos a ser estadísticamente la página social con más enlaces y podemos vender más espacio publicitario ;-)
Si esto se me ha ocurrido a mí, ten por descontado que lleva en marcha mucho tiempo.
Es el punto débil del sistema liberal... Yo lo hago si quiero, y si no quiero no... pero me condeno al ostracismo social. ¿o es el punto débil del humano como ser social?
Eso lo comento otro día, que el blog es tuyo. Chaíto.

capitanguanche dijo...

hola, chacho,¿acabaste con las reformas?
...miedo a lo desconocido...los efectos a medio-largo plazo...es algo común, a todos nos asaltan las dudas. personalmente a mí no me vendría mal un poco de esa frialdad cortante de la que hablas.saber decir ¡no, gracias!, sin rodeos, sin excusas... porque yo soy de los que suena el teléfono y para que no me vendan un seguro de vida, una tarjeta de credito, un jamón... tiendo a irme por las ramas: pobre,es su trabajo- pienso- de alguna manera tiene que ganarse la vida- pero son `tan pesaos´, y yo tan ñoño a veces... en fín que hoy en día no tienes intimidad ni en el váter,y hasta allí puedes llevarte las redes sociales...y como porque todo lo que dices yo tambien lo comparto, te confieso que soy más de tomar café en los bares.
¡un abrazo, y arriba el tete!