Hace dos meses que tengo abandonado este blog. He tenido cuestiones domésticas que atender, y algún exceso de trabajo, pero la verdadera razón de esta ausencia es que todo el tiempo que he dedicado a mi ocio informático de lo he focalizado en Facebook.
Así, he dejado pasar la oportunidad de abordar en esta bitácora asuntos como el secuestro del Alakrana o el Roman Polanski affair, y en su lugar los he agotado en la red social. Mentiría si dijera que he pasado todo mi tiempo debatiendo temas tan enjundiosos: la verdad es que ha tenido más de pérdida de tiempo que de otra cosa (tests chorras mayoritariamente, lo confieso). Y ello me ha dado que pensar: ¿qué tiene esto del Facebook que engancha tanto?
La verdad es que no sabría explicarlo: teóricamente, sirve para contactar con gente a la que has perdido la pista, pero al final con quien más interactúo es con las personas a las que suelo ver a menudo.
Luego está el espinoso tema de la renuncia a nuestra intimidad que aceptamos tácitamente quienes entramos en este ámbito virtual. Con la tontería de compartir información y suscitar que nuestros “amigos” nos dejen mensajes, a veces podemos cometer verdaderas imprudencias, y publicar contenidos que, si lo pensáramos fríamente, no querríamos que vieran todos.
Y hablando de amigos, ¿por qué hay tanta gente que te solicita que la agregues a tu agenda, si no te conoce de nada y ni siquiera tiene amigos en común? Puede ser que alguien con afanes de ligoteo sea proclive a dejar que cualquiera entre en su muro, pero, francamente, me parece una irresponsabilidad, y genera una situación violenta al obligarnos a pulsar un botón que pone “Rechazar”.
Porque en el Facebook, nos hacemos amigos o nos rechazamos con una irreal y fría facilidad, los lazos de confianza se reducen a un mero click. A la larga, ¿cómo afectará esto a las relaciones interpersonales futuras? No es retórica, lo pregunto en serio: la tecnología acaba modificando los usos sociales (y si no, recuerden cómo eran sus vidas antes del móvil).
Las redes sociales nos empujan a aceptar la idea de que debemos estar siempre localizables y localizados, lo cual es una extensión de un fenómeno iniciado con la telefonía celular: ¿se acuerdan cuando a uno lo llamaban a casa y, simplemente, no estaba? Pues parece ser que ya no podemos “no estar”, que la sociedad de la información nos pide una ubicua disponibilidad total.
De este modo, me encuentro en un término medio en el que estas tecnologías me atraen tanto como me asuntan sus implicaciones futuras. Se supone que debería sentirme más comunicado, más accesible, más informado. Pero realmente, lo que me siento es más enredado.
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23 noviembre 2009
14 octubre 2008
El mito de Apple (o cómo el diseño nos convierte en I-Diotas)

Si los rumores se cumplen, hoy Apple presentará una nueva gama de ordenadores portátiles. Aunque este anuncio no ha originado tanta expectación como el del I-Phone 3G, se ha convertido en la noticia tecnológica del mes.
Admito que es una gran marca y, de hecho, mi próximo ordenador será un Apple. No porque sea cool y modernito, sino porque me niego a utilizar es acosa llamada Windows Vista y no tengo paciencia para ponerme a experimentar con una distribución de Linux tipo Ubuntu (lo de Debian es que ni me lo planteo). Así que la única alternativa que me queda es el Leopard (felino nombre del sistema operativo de los Mac), que al parecer está bastante bien.
Pero creo que hay otras compañías igualmente validas en el mercado. La odiada Microsoft, sin ir más lejos, ha metido la gamba con su último sistema operativo, pero hay que reconocerles que su Office, aún existiendo buenas alternativas, es un producto intachable. Y el Windows XP no estaba nada mal (pantallazos azules aparte). En lo que a diseño se refiere, a mí los Sony Vaio me parecen más bonitos que los excesivamente minimalistas Mac. Estas opiniones, visto el estado de las cosas en la comunidad tecno-adicta, no dudo que causarán estupor a más de uno.
Lo digo porque Apple ha logrado crear un halo cuasi místico a su alrededor que la convierten casi en una religión. Los “maqueros” de pro serían capaces de matar si nombráramos en falso el nombre de Steve Jobs, Steve Wozniak o de Jonathan Ive. En cambio, hay compañías que tiene mala fama sí o sí.
Microsoft se lleva la palma, y muchos la identifican como una pérfida corporación internacional que somete a los usuarios a durísimas restricciones de uso con el único objetivo de enriquecerse. Y, efectivamente, así es. Pero, ¿acaso Apple no hace lo mismo?
Hay pocos aparatos más restrictivos que un I-Pod. En cualquier reproductor Mp3, el usuario pude cargar y descargar canciones de un equipo a otro como si fuera un pendrive corriente y moliente. En cambio, el I-Pod se gestiona a través de un programita, el I-Tunes, que, aparte de conectarte con su tienda de canciones al mínimo despiste, evita que puedas copiar las canciones que contiene el cacharrito en otro ordenador. Si uno rebusca en los foros, hallará personas que lo han logrado mediante oscuros y complicadísimos procedimientos. Pero al final, es más cómodo usar un reproductor de la competencia, que se oye igual de bien.
¿Y qué me dicen del mítico I-Phone 3G? Me refiero a ese cacharrín tan mono y multitáctil, que se maneja maravillosamente bien… pero que no graba video, ni permite mandar fotos en un mensaje de texto (MMS) ni tiene videollamada a pesar de ser 3G, y que para colmo te obliga a firmar un draconiano contrato de permanencia con Telefónica para poder lucirlo. Vamos, que es un bluff en toda regla. Muy cuco, eso sí, y también muy cool, que para eso lo tienen Obama y Kim Catrall en Sexo en Nueva York.
En suma, Apple es una marca tan buena y tan mala como pueda serlo cualquier otra multinacional tecnológica. Como dije, me gustan mucho algunos de sus productos, pero no entiendo la fascinación sobrenatural que desprende. Es, ciertamente, un fenómeno de marketing digno de estudio.
Pero el caso es que a veces, con tanto I-Pod, I-Phone, I.Mac e I-Tunes, han conseguido que me a veces me sienta un poco I-diota…
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